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Zarko Paspalj y Sokratis Kókkalis. |
Temporada 1991-1992: la primera piedra. El triángulo perfecto: Kókkalis, Ioannidis y Paspalj.
Con la llegada
del magnate Sokratis Kókkalis a la
presidencia del club, empezaba la Segunda Dinastía Roja (la Primera
había sido la de las 4 Copas).
La parte
económica estaba cubierta. Tras varios años de oscuridad, alguien abría la luz.
Giannis Ioannidis.
Para construir
el edificio, hacía falta un buen arquitecto. Giannis Ioannidis, que había quedado libre del Aris, fue el elegido. Nadie mejor que él para ejecutar el plan. Un
hombre de carácter, con mucha experiencia y que había dirigido al mejor Aris de la historia.
Para edificar, Ioannidis le pidió a Kókkalis que fichase a una gran
estrella y que el equipo se trasladase desde el vetusto pabellón
de Papastrateio al Palacio de la Paz y de la Amistad (SEF).
Estabilidad económica, un crack y una
casa nueva. Todo lo demás vendría rodado.
El SEF
se inauguró en 1985, pero no era el pabellón de ninguno de los clubs de la A1 griega. En el año de su
inauguración, el Real Madrid y la Cibona de Zagreb disputaron allí la final de la Copa de Europa. Dos años después, la selección de Grecia se proclamó campeona de Europa aquel verano inolvidable. También
se jugó allí la final de la Recopa de 1989 entre el Madrid de Petrovic y el Snaidero de Óscar. Era el pabellón más grande
del país y en él se solía jugar la final de la Copa,
alternando con el Alexandrio de
Salónica u otros. También se disputaba –y se sigue disputando- el Campeonato de
Grecia de atletismo en pista cubierta, puesto que cuenta con pista de tartán
alrededor.
Imagen interior del Papastrateio, temporada 88-89. |
Pasar del Papastrateio al Palacio de la Paz
y de la Amistad
era como pasar de un campo de regional al Camp
Nou o al Bernabeu.
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Zarko Paspalj fue presentado el loor de multitud
(28-08-1991) como si de una estrella de cine se tratara. Llegaba con 25 años,
pero con más experiencia que jugadores de 30. Lo había ganado todo con su
selección y había formado parte del Partizán
de la primera Final Four. A pesar de
su mal año –pésimo, diría yo- en los Spurs
(temporada 1989-1990), seguía teniendo cartel en Europa. Jugó de nuevo un añito
en la agitada Belgrado y cruzó la frontera para convertirse en el jugador
franquicia del revolucionario proyecto rojiblanco.
Cartel anunciando la presentación de Paspalj.
“I travelled together with Zarko and his wife Milka.
Not even he knew what was in store for him. In the old Athens airport, in the Glifada area,
thousands of fans were awaiting their new idol. The famous trumpet with the
well-known melody of the Olympiacos fans welcomed the new star. The official
act was also spectacular. Without scoring a single point or even wearing the jersey,
Paspalj was already a superstar. (Vladimir Stankovic).
Pero para
acompañar al alero, hacían falta otros jugadores de calidad. Si se pretendía
destronar a los equipos de Salónica, no era suficiente sólo con Paspalj.
Se
profesionalizó la sección y se empezó a trabajar desde la base, aunque el plus
de nivel lo pondrían los balcánicos. Muchos jugadores de la antigua Yugoslavia
venían de gira con sus equipos y, si interesaban, se les ofrecía quedarse a
prueba unos días. Los jóvenes Milan
Tomic y Dragan Tarlac destacaron
sobre los demás, aunque para fichar debían hacerse griegos. Bodiroga se escapó por poco.
Ioannidis no rompió de golpe el bloque que ya
existía, en parte porque los yugoeslavos todavía no podían jugar. Había un
grupo de jugadores nacionales de clase media que se mantuvieron en el equipo,
como el inmortal Argyris Kambouris,
los bases Vangelis Angelou y Stelios Elliniadis (fotos), el joven Giorgos
Sigalas o el pívot griego-canadiense George
Papadakis.
En nada se pasó
de una triste octava plaza en la temporada 90-91 a pelear por el título.
Para tipos como Sigalas (desde 1981
vinculado al club), Kambouris (desde
1978, con un paréntesis en la temporada 80-81), Papadakos, Angelou, Elliniadis (los tres habían llegado en
1988), Ilías Karambasis (formado en
Estados Unidos, en el club desde 1986) o Jims
Maniatis (griego-americano en el club desde 1983), que venían de una larga
travesía en el desierto, aquello supuso un plus de adrenalina notable.
El equipo
necesitaba estabilidad y firmeza en el banquillo. Mano dura, si se me permite. Ioannidis impuso sus ideas, basadas en
la disciplina y el orden. Rodeó a la superestrella de albañiles y empezó a
buscar en el mercado promesas que harían crecer al club. Además, el entrenador
sabía moverse entre las altas esferas. No en vano, llevaba años haciendo y
deshaciendo a su antojo en Salónica. Había dirigido también a la selección y
conocía la manera de hacer de los miembros de la federación.
Argyris Kambouris era el capitán. Con 29 años
parecía un abuelo, pero es que llevaba en primera línea de fuego desde el 78.
Era un pívot de otra época, resultón, pero no un primer espada. Fue el único
representante del Olympiacós en el Mundobasket 86 de España y en el Eurobasket de Atenas de 1987, donde
metió los dos tiros libres decisivos en la final.
Tampoco el resto
de sus compañeros eran primeros espadas. Angelou
y Elliniadis se alternaban en el
puesto de base, pero ninguno era internacional. Karatzás, Maniatis, Sigalas, Stamatis, Papadakis, Moraitis, etc… aportaban su granito de
arena, aunque ninguno era un anotador nato.
La llegada de
los jóvenes yugoslavos hizo espabilar a los nacionales que había en la
plantilla. Los chavales estaban hechos de otra pasta. Eran los más competitivos
y le ponían más pasión y ganas que nadie. Tenían carácter. Lo habían dejado
todo y procedían de la mejor escuela europea, la balcánica. Habían sido
educados en el deporte de la canasta y aterrizaban decididos.
Milan Tomic jugó un año en el Radnicki de Belgrado antes de probar por los del Pireo. Dragan Tarlac, pívot de 2,11, había empezado su carrera en el Voljvodina, y de ahí pasó al Estrella Roja, donde jugó entre 1990 y
1992. Franko Nakic, el tercero en
discordia, empezó su carrera profesional en el Olympiacós. Su historia difiere de la de los dos anteriores, puesto
que era el hijo del entrenador del equipo de waterpolo del club rojiblanco, Mile Nakic.
Milan Tomic, base de 1,90, muy cerebral y físicamente
débil, llegó con 18 años al Pireo. Inmediatamente, Ioannidis se vio reflejado en él. Mostraba un gran conocimiento del
juego y era puro genio. Debía convertirse en la prolongación del coach en la cancha. ¡La de broncas que
se llevaría el flaco a partir de entonces!
Dicen que Ioannidis se decantó por Tarlac un día que en las pruebas dejó
tirados a todos sus compañeros en un sprint.
Un 2,11 dejando tirados a hombres de 1,80. En una de estas pruebas, el Rubio
no supo ver el talento de un jovenzuelo llamado Dejan Bodiroga y lo dejó escapar –acabó en el Stefanel-.
Dragan Tarlac
era el pívot fuerte y con fundamentos que hacía tiempo que el Olympiacós buscaba. Por fin un interior
que podía anotar con relativa facilidad. Creaba espacios en la zona y jugaba de
espaldas aprovechando su amplitud de hombros.
La política de
nacionalizaciones express acabó
yéndose de las manos. Todos los equipos contaban con yugoeslavos
nacionalizados. Además de los dos citados, Ioannidis
logró hacerse con los servicios de los rusos Anatoly Zourpenko y Sergey Savrasenko, basándose en sus
supuestos orígenes griegos. Dos proyectos de futuro que llegaron con apenas 16
años y que no formarían parte de la plantilla profesional hasta 1995.
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En los tiempos
previos al Palacio de la Paz y de la Amistad, a ver al Olympiacós no iba nadie. Los equipos de
Salónica, el AEK, el Panionios y el Panathinaikós casi siempre estuvieron por delante de los rojillos
durante la “crisis”. Al Papastrateio,
hoy en estado de semi abandono, acudían del orden de los 300 o 400 aficionados
por partido como mucho.
Los americanos
(no griego-americanos ni griego-canadienses), que eran los que debían ayudar a
dar el salto de calidad necesario, o eran problemáticos fuera de la cancha o
jugaban de manera anárquica y no se adaptaban. Por el banquillo pasaron varios
entrenadores de la casa, sin que ninguno llegase a cuajar. Giorgos Barlás fue el que más tiempo se sentó en el banquillo,
cuatro temporadas entre 1979 y 1983.
Giorgos Sigalas era la gran esperanza roja. En
el club desde los 10 años, fue cedido un año al Papagou, para volver la temporada siguiente, la 90-91. Logró afianzarse.
El impacto que
causó la llegada del montenegrino Zarko
Paspalj fue enorme. No es que el Olympiacós
viniera de de varios años de sequía: era un auténtico solar. El último título
databa de 1980 (Copa de Grecia). En
liga, a excepción de un subcampeonato en 1986, no había pasado del quinto
puesto desde 1981.
En el primer
partido de la temporada 1991-1992 se vendieron más entradas que en todo el
curso anterior. Los pireotas, que llevaban casi 15 años a la deriva, atracaban
en el puerto de la mejor manera. Los años de sequía y de malos resultados
terminaban de un día para otro, de sopetón.
Aunque la
primera experiencia de Paspalj en el
extranjero no había salido bien, el Olympiacós
decidió coger el riesgo –tenía fama de ser algo pasota y poco trabajador-.
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La temporada
1991-1992 fue bastante convulsa y estuvo marcada por los problemas con la PSAK,
que organizaba la liga profesional por primera vez (hasta entonces lo había
hecho la Federación).
A mitad de la primera vuelta, los profesionales griegos se pusieron en huelga
y, durante tres jornadas, fueron los juniors quienes jugaron, junto a los
extranjeros. Aquella temporada marcaría el inicio de la Dinastía
a pesar de no ganar títulos.
Los aficionados
rojiblancos se ilusionaron con el equipo cuando el Olympiacós derrotó al PAOK poco
antes del comienzo de la liga. ¡Si estarían mal las cosas y sería tanta el
hambre de la gente, que se celebraban las victorias en los amistosos!
En el debut
liguero el Olympiacós no podía tener
un rival más difícil: el Aris de
Salónica. El Aris, que llevaba 7
ligas seguidas, se las veía ante su ex entrenador, su mentor, su arquitecto. 12.000 espectadores se acercaron a ver el choque, y eso que no jugaba Galis -aunque sí un tal Walter Berry-. Los locales se impusieron por
67-59 y se desató la euforia.
El equipo,
puesto que no jugaba competición europea, pudo centrarse en la liga y en la
Copa. En
la liga regular, el Olympiacós acabó
empatado a victorias con el Aris
(18-4), ambos por detrás del PAOK
(20-2). El cuarto equipo en meterse en la liguilla final de cuatro equipos fue
el AEK de Atenas. Las derrotas en la
fase regular contaban, y el Aris fue
el mayor perjudicado porque arrastraba una imprevista contra el AEK.
En la liguilla,
el Olympiacós se impuso en el Pireo
por 78-75 y perdió en Salónica por 87-76. Tanto el Aris como el AEK
quedaron descolgados, y la final se la jugarían los otros dos.
El rival en la
final de la liga fue el PAOK de Prelevic, Korfas, Fasoulas e Ivkovic. Curiosamente, los dos últimos
acabarían siendo piezas muy importantes de la Dinastía
Roja. Los de
Salónica eran un equipo más hecho. El grupo llevaba varios años jugando junto y
había ganado la Recopa el año
anterior. Fue la primera y única liga de la dinastía bicéfala, conseguida en
plena madurez.
Al contar los
resultados anteriores, el PAOK se
presentaba con ventaja de 3-1, ya que había ganado los dos choques de la fase
regular. Los blanquinegros no desaprovecharon la oportunidad y, en el primer envite en el Pireo, ganaron con autoridad (82-97), terminando la serie 4-1.
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El Panathinaikós fue la sorpresa negativa
de la temporada. Acabó octavo en la liga y fuera de Europa. El peor resultado
en 45 años. Los hermanos Giannakopoulos
tomarían las riendas de la entidad la temporada siguiente para dar un giro de
180 grados.
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Zarko Paspalj fue el máximo anotador de la liga con
33,7 puntos de media, desplazando a Nikos
Galis, que llevaba 11 temporadas consecutivas siéndolo. ¡Estamos hablando
de que el montenegrino metió el 40% de los puntos de su equipo!
El alero superó
con creces las expectativas creadas y se
convirtió en el jugador de moda. Pese a la eterna apariencia de hombre
cansado y algo pasota, las metía de todos los colores. No había treses en
Grecia capaces de pararle. Era técnico, alto y zurdo, lo suficientemente hábil
para deshacerse de sus rivales incluso por velocidad. Era el anotador
compulsivo que todo equipo quisiera. Los balones siempre acababan en sus manos
en ataque. Con los años iría perdiendo velocidad y capacidad atlética, buscando
situaciones más cercanas al aro, pero en 1991 el montenegrino las enchufaba desde
todas partes. Y era casi infalible en los tiros libres.
Destaco el
temporadón de Paspalj, porque si
comparamos plantillas, la del Olympiacós
no era de las mejores. El Aris
seguía con Galis, Giannakis y compañía, el Panionios de los Christodoulou era muy fuerte, el AEK de Patavoukas…
Incluso el PAO del batacazo, con Antonio Davis de gran estrella, tenía
un equipo notable con Gekos, Papapetrou, Stergakos y los jóvenes Alvertis
y Ekonomou. Hubo partidos que los
ganó el montenegrino prácticamente solito. Greg
Brooks, el americano que debía descargar la responsabilidad ofensiva, no
dejó huella en El Pireo.
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En la Copa,
el Aris fue superior en Salónica en
los cuartos de final y se impuso por 121-95. A pesar de no haber ganado ningún título,
la regeneración era un hecho. Podríamos hablar casi de una refundación. El
primer paso, tal vez el más importante, ya se había dado.
Temporada 1992-1993: la primera liga. La dupla Paspalj-Berry y las oportunidades perdidas.
El Panathinaikós, tras una temporada
anterior nefasta, tiró la casa por la ventana en verano. Los verdes de los
hermanos Giannakopoulos se hicieron
con los servicios de Nikos Galis, Arijan Komazec, Stojan Vrankovic y Titt Sokk,
nada menos, y se trasladaron del mítico Tafos
tou Indoú al pabellón de Glyfada.
El PAOK, con la mirada puesta en la Final
Four del Pireo, se reforzó con Cliff Levingston, el Aris con Roy Tarpley y el Panionios
del coach Vlado Jurovic con Boban Jankovic y PJ Brown.
Ioannidis confiaba en sus jóvenes promesas. Tomic y Tarlac serían titulares, además de Sigalas, convertido en el mejor defensor del equipo. Karatzás y Angelou no siguieron, y Jims
Maniatis se retiró y pasó a ser el asistente de Ioannidis. Había que buscar jugadores pequeños solventes e
interiores más fuertes. Además, el Olympiacós
necesitaba otro anotador como el comer.
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Franko Nakic. |
Franko Nakic, alero de 2,04, era físicamente muy
fuerte, pero estaba por hacer. Hijo de un conocido jugador y entrenador de
waterpolo croata, firmó con el primer equipo en 1992. Jugaba tanto por fuera
como por dentro de la zona, aprovechando su corpulencia. Podía correr y tenía
buena mano. Su versatilidad lo convertía en un tipo de jugador que no se veía
entonces en Grecia. Ocupaba una posición generalmente reservada para los
americanos.
Nakic iría entrando poco a poco, porque no
estaba tan preparado como Tarlac y Tomic. Llegaron Kostas Moraitis y Giorgos
Limniatis, que junto a Sigalas
habían sido subcampeones de Europa en categorías inferiores con Grecia.
Había mucha
juventud en aquella plantilla, que contaba con Tomic (19 años), Sigalas
(21 años), Tarlac (19 años), Nakic (19 años), Limniatis (21 años), Moraitis
(22 años) y Belis (19 años).
En septiembre,
el Olympiacós seguía sin haber
fichado a ningún extranjero que pudiera ayudar a Paspalj. Tom Gugliotta, número 6 en el Draft, era el bombazo que tenía
preparado Kókkalis. Incluso viajó a
Grecia, pero no firmó el contrato. Se fue a los Bullets e inició allí una larga carrera en la NBA.
Entonces llegó Rod Higins, un 2,01 con mucha
experiencia en la NBA, que podía jugar
de pívot pese a su altura. Ioannidis
reconoció años más tarde que había sido uno de los fichajes que a priori menos le convencía.
Fue mejorando
poco a poco, pero estuvo desubicado. No era una estrella, que era lo que los
aficionados esperaban, sino un jugador más del roster. Ayudó en defensa, pero en ataque no era el hombre que el
entrenador buscaba. Flojo en la media distancia, era demasiado pequeño para
aportar puntos. No era un anotador y Paspalj
volvía a acapararlo todo. El Olympiacós
no dudó en deshacerse de él cuando llegó una oferta de los Sacramento Kings, donde anotaría 8,3 puntos de media aquel año. Higins se marchó antes del comienzo de
la fase de grupos de la Euroliga, y llegó Walter Berry, The Truth. Ver jugar juntos aquel curso a Zarko y Walter, una pasada.
Al principio de
la temporada, había que resolver el problema de las nacionalidades, porque con Rod Higins y Zarko Paspalj el Olympiacós sumaba cinco extranjeros (y
los que vendrían). Para poder jugar, Nakic,
Tomic y Tarlac tuvieron que nacionalizarse griegos, renunciando además a
jugar con su selección nacional. El pívot todavía tuvo tiempo de representar a
su país años después, una vez que la
FIBA levantó la
absurda prohibición.
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En la liga, las
cosas empezaron de la peor manera, cayendo en el debut frente al Dafni (105-103) tras una prórroga. Sin
embargo, nunca se descolgó de la zona alta, donde 5 equipos estuvieron muy
parejos todo el año.
Acabó en cuarta
posición con un balance de 20-6, empatado con el Aris. En el Palacio sólo
perdió un partido, contra el PAOK, a
la postre primero de la fase regular (balance 22-4). Fuera de casa cayó
derrotado contra el Panathinaikós,
el PAOK, el Panionios, el Dafni y el
Iraklís. Las dos victorias contra el
Aris acabaron siendo fundamentales,
aunque el camino hacia la final no iba a ser fácil.
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Cuatro derrotas
seguidas en Europa (Bayer Leverkusen,
Real Madrid, Pau Orthez y Zadar)
dejaron el balance en 1 victoria y 4 derrotas. El debut en la máxima
competición continental no podía ir peor. Sin embargo, el equipo reaccionó a
tiempo, logrando 5 victorias en los siguientes 6 partidos, sellando su pase a
los cruces.
El Olympiacós debía enfrentarse al
incómodo Limoges con desventaja de
campo. Además, debido a los altercados que se produjeron en el SEF
el día del Madrid –lanzamiento de
dracmas, básicamente-, no podía jugar allí. En Patras, donde ya se había
enfrentado al Zadar en fase de
grupos, logró ponerse por delante en la eliminatoria al vencer con apuros por 70-67. Un triple de Young empataba
el partido y contrarrestaba el inverosímil 2+1 de Paspalj en el ataque anterior. El montenegrino agarró la bola en la
siguiente posesión y la clavó de tres. El lanzamiento a la desesperada de Forte no entró.
El segundo
encuentro acabó con victoria francesa por 59-53, un marcador que hablaba bien a
las claras de lo que había pasado. Maljkovic
formó una telaraña desde el banquillo con Zdovc, Forte, Young y Dacoury. El partido fue muy trabado y la baja anotación perjudicó a
los griegos. El baloncesto control elevado a la máxima potencia.
El tercer partido siguió los mismos parámetros, llegándose a los últimos 40 segundos con
empate a 58. El Olympiacós quiso
apurar al máximo su posesión, pero Paspalj,
al recibir un pase, pisó la línea lateral. Jure
Zdovc cogió la bola y anotó a falta de 2,8 segundos, a pesar de la oposición de Paspalj. Todavía tuvo
el Olympiacós la oportunidad de
ganar con un tiro de Zarko sobre la
bocina que no entró. El Limoges se
metía así en la Final Four del Pireo.
El palo para los helenos fue tremendo. Una gran oportunidad perdida.
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Tocado, el
equipo perdió en liga contra el Iraklís
en la última jornada y acabó cuarto. Aquel año se aplicó por primera vez el
nuevo formato de los play off. No
contaban los choques anteriores contra rivales directos.
Contra el Aris, los rojillos tuvieron que jugar
en Chalkida por sanción –había
habido jaleo contra el Panathinaikós-,
pero se impusieron por 87-81 con 44 puntos de Paspalj. Los tesalonicenses empataron la serie (78-69), pero el
factor cancha decidió (77-74) y el Olympiacós
se plantó en semifinales.
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A los pocos
días, sin embargo, el Aris dio la
campanada en la Copa y ganó la
semifinal en el Palacio de la Paz (66-71). Curiosamente,
la final de la Copa también se iba a
jugar en El Pireo. Los de Ioannidis
perdían la oportunidad de jugar dos finales en casa (Euroliga y Copa de
Grecia).
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Con desventaja
de campo en las semifinales, el Olympiacós
hizo el break en el Alexandrio contra el PAOK a las primeras de cambio. En un
partido rácano a más no poder, los visitantes vencieron por 48-57.
Los pireotas
tuvieron suficiente con ganar el segundo (62-54) y el cuarto (59-49) para
clasificarse para la final. Es decir, dejaron a los campeones de liga en 48, 54
y 49 puntos. El PAOK salvó el honor
imponiéndose en el tercer choque (70-64). El triunfo ante los primeros
clasificados de la fase regular dio alas a un equipo tocado tras los fiascos
copero y europeo. Tocado pero no hundido.
La final de la
liga acabó en parodia. El PAO no se
presentó a jugar el cuarto partido de la serie y el Olympiacós se proclamó campeón.
En el primer choque, los verdes se impusieron en Glyfada por 62-51. En el segundo, el Olympiacós
ganó en el SEF por 89-74, mientras que en el tercero los rojillos hicieron
el break (72-77). El Panathinaikós protestó por el
arbitraje, puso en duda el sistema de designación y decidió no presentarse al
cuarto partido.
Que no hubiera
partido no significa que no se celebrase la victoria por todo lo alto. El
pabellón se llenó y se organizó una gran fiesta. Era el primer título de la Segunda
Dinastía Roja. La última liga databa de 1978 y
el último título de 1980 (Copa). Aquí un vídeo del tercer partido y de la celebración del título días después.
Definitivamente,
el Olympiacós ya formaba parte de la
élite nacional y europea. Para asaltar el trono continental, se necesitaban
algunos retoques. Sorprendentemente, los campeones no renovaron a Walter Berry, que firmó por el PAOK en verano. Se deshacía así la
mejor pareja de extranjeros de la liga y una de las mejores que haya visto
Grecia.
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